Comentamos en este blog sobre las diferencias entre colesterol bueno y malo. El malo se acumula en las arterias y tejidos mientras que el bueno lo recoge y lo transporta al hígado para que sea desechado.

Para contribuir a la alza del colesterol bueno podemos ingerir:

  1. Ajo y la cebolla cruda, que incrementan considerablemente los niveles, con tan solo 3 dientes de ajo o con media cebolla cruda por día, los cuales los puedes combinar para darle sazón a las comidas.
  2. Legumbres. Si se consumen con regularidad puede traer grandes beneficios.
  3. El pescado, sobre todo el conocido como graso o azul. Además de reducir el colesterol malo, sube los niveles de colesterol bueno. Puedes consumir atún, sardina, boquerón, salmón, arenque o incluso el bacalao en salazón, delicioso platillo que cumple con grandes beneficios.
  4. Aceites de oliva y de semilla de uva. El de oliva es muy famoso gracias a sus infinitas propiedades, y las propiedades de la semilla de la uva apenas se están comercializando ampliamente, pero ambos productos son maravillosos para regular los niveles de colesterol. Así también las semillas de girasol, de sésamo, calabaza, pepitas, nueces, almendras.
  5. Frutas y verduras. El kiwi, la manzana, la granada, los arándanos, la naranja, la papaya, las zanahorias, el betabel y en general todos los vegetales de color verde, el pepino, los pimientos, el brócoli, aguacate, son ricos en antioxidantes y contribuyen a disminuir el colesterol malo y a evitar que se oxiden y taponen las arterias.

¿Sabes qué más? Una copa de vino o una cerveza también contribuyen a mantener buenos niveles, claro, todo con medida y siempre acompañado de una dieta balanceada.

La mayoría de estos alimentos son considerados, erróneamente, demasiado grasosos pero en realidad si no los consumes corres el riesgo de subir de peso, de perder elasticidad en la piel, de padecer efectos tempranos de vejez en tu apariencia, por falta de antioxidantes, de tener problemas cardíacos y cerebro vasculares, además de no tener la suficiente energía para realizar tus actividades diarias o alguna rutina de ejercicio.

No es cuestión de dejar de comer, sino de saber cuánto, cómo y cuándo.

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